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Uso esperanzado de la información
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VolverBUENOS AIRES -- Debo admitir que me produce un recóndito placer contemplar el fastidio de Cristiano Ronaldo, el gran fanfarrón. Su cara de chongo, tan bella y coronada de gel, se frunció de ira ante las polémicas jugadas fallidas de Gonzalo Higuaín. Jugadas que, según la insólita confabulación entre jugadores y medios de comunicación de España, determinaron la eliminación del Real Madrid en la Champions League en octavos de final.
Getty ImagesPipita fue señalado como culpable del fracaso
Claro, Higuaín, otra veces goleador implacable, osó no pasársela a la gran estrella portuguesa. Y la gran estrella portuguesa, aprovechando que las cámaras lo auscultaban, acaso a la espera de la reacción violenta, se enfurruñó como una criatura a la que le niegan un capricho.
Vamos por partes: las acciones ante Lyon por las que Higuaín recibe la acusación de egoísta (rasgo en general tolerado y hasta celebrado en los goleadores) son comunes y corrientes, no omisiones escandalosas que pasaron por alto la posición inmejorable de un compañero.
Es más, en ambas se enreda un poco y termina resolviendo como puede. Cristiano quería el pase porque siempre lo quiere, y está muy bien que así sea. No era una opción cantada y mucho menos infalible.
En cuanto al remate que pega en el poste, la imputación (¿de torpeza?) es casi una canallada que no merece revisión.
Claro, el barco se hunde, y los futbolistas comienzan a tomarse de las mechas y a culparse mutuamente, según la solidaridad que rige los vestuarios de las grandes ligas, en especial el del Real Madrid. Las declaraciones de Guti pueden atribuirse a un espíritu miserable o a una vieja cuenta pendiente con Higuaín, quien, con 16 goles en la liga española, venía escuchando muchas más alabanzas que reproches.
Desconozco si Higuaín es un individualista con aristas patológicas (se trata de un futbolista, por lo tanto no suena inverosímil), sí estoy seguro de que no se justifica apuntarle con el dedo por este partido. El único motivo es la necesidad de un linchamiento que concentre en una camiseta el fracaso de todos.
Ahora, si les concedemos la bajeza por necesidad a las vedettes del Real Madrid, resulta en cambio un disparate sin remedio el coro desafinado de la prensa montándose en el escarnio.
Queda, no obstante, un corolario alentador, si uno elige observar la cosa con optimismo. Habida cuenta de que Lionel Messi, adorado en el Barcelona, donde invariablemente la rompe, hace un sapo sistemático en la Selección; este traspié de Higuaín en su club acaso sea una señal de su inminente consagración en el equipo argentino.
En caso de reproducirse la misma ecuación de rendimientos opuestos que ha signado la vida deportiva de Messi en los últimos tiempos, la actualidad de Higuaín (que viene de señalar el gol de la victoria ante Alemania, no olvidemos ese acierto tal vez premonitorio) le permite a Maradona entusiasmarse. No sería superstición, sino libre lectura de los antecedentes inmediatos. Uso esperanzado de la información.
Alejandro Caravario nació en Buenos Aires en 1963. En más de 20 años de actividad en el periodismo gráfico, pasó con suerte diversa por innumerables redacciones: Clarín, El Gráfico, Llegás, 7 Días, Perfil, Crítica de la Argentina, entre otras tantas. Fue uno de los fundadores del diario deportivo Olé y director de su revista, Mística. De pluma versátil, ligeramente esquizoide, se ha movido en géneros que van desde el deporte hasta la reseña literaria. En sus momentos de ocio, que no son pocos, se aboca a la narrativa: es autor de un libro de relatos (Sangra), y tres novelas (Costumbres de la carne, Palermo y Mamá se hizo las tetas, ésta última inédita), obras de notable mérito
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